sábado, 27 de abril de 2013

Fahrenheit 451























Demasiados días, demasiadas horas, demasiados momentos perdidos sin hacer lo que me quema por dentro y lo que, de verdad, me hace pertenecer a un minúsculo espacio y momento en el que me siento como un ser humano en todas sus dimensiones. Demasiado tiempo y espacio para expresar a los cuatro vientos que vengo con las manos vacías y que sólo sé que no sé nada. 

Hoy me desperté pensando en un libro que leí y volví a leer hace ya mucho. En él, un visionario Ray Bradbury, nos aportaba una visión de futuro claramente desoladora en la que una sociedad humana se ve esclavizada y sometida a los arbitrios de una minoría que decide sobre sus vidas. 
La libertad no existe, las personas son vigiladas y sometidas, se prohiben los libros y son perseguidas aquéllas personas que los poseen, sometiendo al fuego todo aquéllo que nos declara libres de pensamiento y sentimiento.

Sin duda, Ray Bradbury pretendía realizar una crítica de algunas de las experiencias vividas en su tiempo: la persecución política del Senador McCarthy, la quema de libros del nazismo, o, incluso, las muertes ocasionadas por las bombas de Hiroshima y Nagasaki. Sin embargo, no creo que hubiera podido pasar por su mente que, en un futuro, ese fuego destructor estuviera formado por llamas que no arden. Que todo aquéllo que nos estuviera destruyendo fuera la falta de ideales, la pérdida de nuestros derechos, la ambición y el egoísmo de una casta política y económica que no duda en reducirnos a cenizas sin ni siquiera prender una cerilla...y que todo ello sea realizado bajo la mirada atenta de aquéllos que nos miran como a niños indefensos que no sabemos lo que hacemos.

Pero sí lo sabemos, somos conscientes de que nos están destruyendo con un fuego que no arde, que nos consumen a partir de la pérdida de aquéllo que nos hace humanos, porque la palabra que no se lee, que no se pronuncia, nunca podrá llegar a nuestras mentes y distorsionarlas, que la manipulación se consigue cuando somos un rebaño sin criterio, una masa sin rumbo ni conciencia de su origen. Y lo sabemos.

Por fin lo sabemos. Sabemos que un libro es mucho más que un conjunto de hojas, mucho más que una bonita cubierta, algo más que un adorno. Sabemos que, a través de ellos, fluye de manera descontrolada todo aquéllo que nos convierte en seres humanos y nos hace volver a ser niños, o nos constituye en seres con dignidad. Que las palabras no son sólo manchas de tinta que puedan quemarse a 451 grados Fahrenheit, porque nunca podrán borrarse de nuestra mente y nunca dejarán de alterar nuestro corazón.

Si sabemos esto, hemos ganado la lucha, esa para la que no hace falta más arma que nuestro cerebro. Sólo necesitamos creer de manera ciega en el fuego que tenemos dentro.

Y si mantenemos la llama encendida, la oscuridad no podrá doblegarnos.





2 comentarios:

Cata dijo...

¡Menos mal que la experiencia nos dice que por mucho que otros quieran, esa llama no se extingue jamás!

Después de un período de oscuridad y desaliento suele llegar una cierta calma, como sucede tras la tormenta...

La "resistencia" sirve en estos casos para no perder la lucidez y los objetivos, por lo tanto, ¡seamos "resistentes"!

Nos deseo un buen día lleno de ilusiones y esperanza. Besos, C.

Lola Cámara dijo...

Buenas noches, Cata,

Como siempre, tus palabras me llenan de alegría y optimismo, y, por supuesto, coincido con todo lo que dices. Estamos en periodo de oscuridad pero si encima se apaga la esperanza...¿qué nos queda? Yo creo que nada.

Yo también nos deseo fuerza, con ella tendremos siempre ilusiones y esperanza.

Besos, Lola

PD: Me alegra un montón saber de tí.